Zazen

"Si tú entiendes, las cosas son como son; si tú no entiendes, las cosas son tal como son." Proverbio Zen

 

DE LA CORRECTA POSTURA

Sentados en el medio del zafu (El cojín usado para la meditación), se cruzan las piernas en la posición de loto o de medio loto. Si ello no es posible, y se cruzan las piernas simplemente sin colocar el pie en el muslo opuesto, aun así es esencial que las rodillas empujen el piso. La columna vertebral bien derecha, el mentón entrado y la nuca estirada, la nariz en la misma línea vertical que el ombligo, se empuja la tierra con las rodillas y el cielo con la cabeza. Se pone la mano izquierda en la mano derecha, las palmas hacia el cielo, los pulgares se tocan, formando una línea derecha. Las manos descansan en los pies, los cantos en contacto con el abdomen. Los hombros están relajados. La punta de la lengua toca el paladar. La vista está puesta aproximadamente a un metro de distancia en el suelo sin mirar nada en particular.

DE LA ACTITUD DE LA MENTE

Sentados en zazen, dejamos que las imágenes, los pensamientos, las construcciones mentales, que surgen del inconsciente, pasen como nubes por el cielo - sin oponerse ni agarrarse a ellos. Como los reflejos en un espejo, las emanaciones del subconsciente pasan y pasan otra vez y terminan por desvanacerse. Y llegamos al inconsciente profundo, sin pensamiento, más allá de todos los pensamientos (hishiryo), verdadera pureza. Esa actitud de espíritu surge naturalmente de una concentración profunda en la postura y la respiración. Libertad, calma, serenidad, despertar.

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Como cuando con curiosidad infinita de aprendiz, no exenta de un placer "casi físico" (que no hesito en celebrar hedónico), frecuento, una vez más, los "Diálogos" de Platón, o los "Comentarios" de Marco Aurelio o los "Ensayos" de Montaigne, o los cuatro tomos de la monumental "Historia de las Ideas y de las Creencias Religiosas" de Mircea Eliade, siempre que vuelvo a la obra (a la encantadora obra, diré) de Karl Gustav Jung, siento que más que estar leyendo a uno de los padres de la Psicología Profunda y de la Psiquiatría, estoy escuchando hablar a un amigo. A un muy querido amigo. A la luz de este sentimiento, es que ahora deseo compartir con los calificados lectores de "Salud y Psicología", uno de los cuarenta ensayos de un libro que nadie que ame el Arte debiera evitar: "La Décima Musa".

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